El Cafecito

¿Otelo sería petiso?, por Luis Buero

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Ahora resulta que los hombres de baja estatura son más celosos que aquellos que son altos. Esto surge de una investigación realizada por una universidad holandesa y otra española en la que participaron casi 600 estudiantes.

Ustedes se preguntarán: ¿por qué no pondrán a los alumnos a explorar temas más acuciantes?  Y tendrían razón en ser irónicas, pero lo peor de todo, chicas,  es que una encuesta de esta naturaleza podría imitarse en cualquier casa de estudios vernácula con igual resultado si nos pusiéramos a averiguar si los pelados se sienten más inseguros que los melenudos, o si los que usan anteojos cola de botella sospechan que sus minas les van a meter los cuernos con los que ven perfecto. Y a la misma conclusión arribaríamos si hiciéramos la indagación entre gordos y flacos, pobres y ricos, fracasados y exitosos, los de pene chico y los bien provistos, etc.

Pero si profundizáramos el trabajo tal vez descubriríamos que los altos, los “winners”, los famosos, los bellos, los simpáticos y entradores, también sufren de celos, temor a la infidelidad de sus parejas y miedo a ser dejados.

¿Por qué? Porque los celos no respetan raza, religión, color de piel, posición social… ni estatura.

Sí. Los celos son el primer sentimiento que experimentamos a poco de nacer, en el mismo instante en el que nos enteramos que yo y no-yo (en ese momento, yo y mami) somos dos seres distintos. Y que nuestra proveedora de afecto y alimento tiene otros a quienes atender, por lo cuál un cachetazo de la realidad ya nos avisa que no somos únicos.

Pero además hay otras cosas más embromadas para el ser humano, y una de ellas es el tener que reconocer que no existen garantías de nada en la vida. Por más que inventamos mandamientos que prohíben el adulterio, leyes, contratos, certificaciones de escribanos, títulos y documentaciones, todo se nos puede caer delante de nuestros ojos inesperadamente, como las Torres Gemelas.

Y por si todo esto fuera poco,  hay algo todavía más inquietante. Y es que la pasión y la sexualidad son aspectos exclusivamente humanos que tienen una rara particularidad: su incapacidad de manifestarse totalmente. O dicho de otra forma: de este tema no lo sabemos todo, y de lo que conocemos, no todo lo podemos nombrar con palabras.

Llegado a este punto, ¿qué corno importa ya si medís uno cincuenta o dos metros? La inseguridad del amante celoso no parte sólo de verse en el espejo de la mirada ajena tan mal como se ve a sí mismo. Nace también de la sensación (falsa) de que no va a poder soportar ese supuesto abandono, que probablemente nunca ocurra. Y si pasa, no será por el motivo que preanuncia, seguro.

Lo interesante es aprender que los ojos llenos de amor de una mujer ven gigante al enano y genial al estúpido, y completan plenamente la demanda narcisista, aquella que mamá no pudo satisfacer del todo, porque tenía que darle de comer a nuestro hermano.

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social.  Colabora para el cafecito desde Argentina. Visita su sitio:  http://www.luisbuero.com.ar

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