El Cafecito

Cuaderno de Heptonstall, por José Luis Justes Amador

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No hay una estación que sea la adecuada. No hay

que lamentarse en vano.

Dime si es este el camino de regreso

a ese lugar en que te dejé pensando

que regresaría.

Esta devastación madura en los campos: es el otoño

que revive con canciones de muerte.

Porque la fe se expone a sí misma al final de la historia

como la ignorancia. Ir o volver, tanto da.

Siempre en círculos.

Lo sabré cuando lo vea y por eso

la mitad de nuestro tiempo es perdida.

Como si los dioses ya hubieran perdido

esa fe que tuvieron en nosotros.

El arte de la fuga que salía de las ventanas

era el río que pasaba aún más lento que la noche.

A todo se puede responder en esta vida: a los electrodos,

a la música de la viola en el escenario desnudo,

a la unción de enfermos. Escucho

música en el aire,

el aire es de música, dijiste.

El año termina y con él se marchan los fragmentos

de lo ha sido. Iconoclasta de la conciencia de la imagen.

Dormiremos para incubar diamantes.

No hay ya bendición sino piedad,

lo único que queda para nosotros.

Los pájaros se mezclan con la media luz de los acantilados.

Y asombrarse ante el mundo

no garantiza paz para el alma.

Y cualquier otra cosa es muerte. O significa muerte.

Cualquier día comienza como los otros. Como el último,

con una sucesión de números incorrectos,

con una especie de capricho vago.

Será muerte o una fantasía de muerte. Mira

donde quieras: las hojas cuelgan como ahorcados, casi color de sangre

y son más reales que cualquier fantasía.

Y hay que trabajar en eso y lanzarse a lo más alto.

Todo es posible. El espíritu es materia

y materia al fin se hace.

Y aún a pesar de todo te lloro hermana,

quizá en lagrimas de otros, quizá

en las lágrimas que escribí para otros,

como una gemela muerta, como mi hermana muerta.

Y envejecer, para nosotros,

es más duro más extraño

que la muerte.

Si pronuncias la palabra correcta cambia la escena:

ésta es la carta con que la memoria

te regala sus ocres posesiones.

Y saliendo de ese campo anhelado

bajaba el camino y después

la curva del campo, del jardín,

de los columpios huérfanos de niños.

Intermitente es la sombra

de las nubes en los tejados. Nuestros amores

claros como las estrellas que colgaban en el agua.

Y allí, y aquí también, hago votos

por creer, por seguir creyendo.

El invierno no es el mismo ni los será

por mucho que lo sepamos:

la hiedra natural del corazón, decía Hopkins.

Hay deseo incluso

en la ausencia del deseado. Así es Eros,

pupila de la luna,

una corona que presagia la migraña.

Hay templos y laberintos en que todos,

salvo los derrotados, se confunden.

Como si mi verdadero yo fuese

yo el otro. No soy

un juez ni esto

son instrucciones de nada.

Pronuncia un deseo aunque sea

en un lenguaje de signos

para que yo te encuentre.

Algo nuevo aunque inoculado

con el virus de la inspiración.

Como si la mala suerte proyectara

sombras chinescas, halógenas,

en el circo de mis párpados cerrados.

Todo evidencia indica que te llevó por mal camino

el ángel propio de la propia muerte.

La memoria es su propia visión,

un don de la vista del que conviene alejarse

y que en el presente

cuanto más lo negamos más

se apodera de nosotros. Pregúntate

como adscribirse no a un motor fallido sino que falla.

No soy sino el cuidado o el curiosidad del tiempo:

el modo en que los ojos elaboran las lágrimas.

Deseo para no tener que negar

la intransigencia propia del deseo.

Para ti permanezco como si

no tuviera respuestas.

La comedia del suicidio, la risa nerviosa,

la risa esa que el pánico conjura. Y salida.

Y aún así necesito

Quedarme en la orilla correcta, sobrevivirme,

engalanarme con tributos.

La vida es sueño. Y tiempo

Y mantenerse en el tiempo.

Es por eso que no entiendo

el habla sin gramática de los ángeles.

La rectitud de intenciones, palabras

de un esplendor decente. La existencia es

física avanzada, el premio Nobel

de los años venideros.

Un derviche de la pena, moribundo

en el ir y venir de los elementos.

Esto no son sólo mis palabras:

son algo que te entrego a ti

mi último amor y el verdadero.

Un recuerdo en otra lengua, la tuya

(nos fidelités sont des citadelles):

nuestras fidelidades son como ciudades,

lugares de refugio y de defensa.

Ningún tiempo se da sin que transcurra

en una estación, en varias. En todas.

La voz persiste en un monólogo

que asciende en tono, en volumen.

Acabarás yaciendo en el espacio

que te fue asignado desde antes:

polen y basalto. Hasta en las más fieras llamas.

Punto final.

Aquí no hay

ni sabiduría ni ilusión

a la que llamar sabiduría.

Ni compensación ni recompensa:

volveremos al jardín sea cual sea el fruto que nos depare.

Everything was at rest, free, and immortal

(Thomas Traherne, Centuries of Meditations)

Todo quedó en paz:

inmortal y libre,

para siempre, para siempre.

José Luis Justes Amador, según sus amigos, es flirtatious, unpredictable y smart. Fue Jefe del Departamento de Promoción del Centro de Investigación y Estudios Literarios de Aguascalientes. Actualmente es docente de medio tiempo y el otro medio lo dedica a la creación y la traducción.

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