El Cafecito

La saga del Istmo de Tehuantepec (3/4), por Carlos Antonio Villa Guzmán

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De océano a océano a través de una “franja” de tierra

Vasco Núñez de Balboa divisó el que conocemos como Océano Pacífico el 24 de septiembre de 1513, junto con los expedicionarios que le acompañaron en la exploración que le llevó cuatro meses y medio hasta su regreso a la Antigua el 19 de enero de 1514.

El hallazgo de otro mar hacia el sur despertó el interés de encontrar una ruta navegable a partir de la costa, ya reconocida por los españoles desde la Florida hasta el Darién. Fue la aventura que inició Fernando de Magallanes la que finalmente demostró la inexistencia del paso interoceánico a través de la masa del continente, después de navegar los Ríos y afluentes que desembocan en el Atlántico, como el Amazonas y el Río de la Plata.

La castigada expedición circunnavegó por primera vez el globo, logrando pasar los mares agitados y los vientos del estrecho que divide el cono del sur de América, de los helados archipiélagos antárticos y que por tal motivo recibe el nombre de “Estrecho de Magallanes”, (1519-1522) según nos lo hacen saber los apuntes de la bitácora que llevaba el cronista italiano Antonio Pigafetta (1491-1534), quien sobrevivió a Magallanes al ser éste emboscado y muerto por los nativos de una de las islas del Pacífico del Sur.

Desde el siglo XVI, se pensó en la forma de abrir un canal en la parte angosta del continente, empero el desgarrado devenir de los pueblos que la conforman en lo que se llama Centroamérica, imposibilitó la organización y fuerza económica necesaria para semejante empresa. En su lugar, Estados Unidos capitalizó la angostura para garantizarse el anhelado paso. Con Panamá materializó el plan a través de la construcción de una obra de ingeniería cuya magnitud queda para las páginas que dedica la historia a las empresas titánicas.

Fue necesaria la guerra y la ruptura de una soberanía emanada de un movimiento independentista consumado desde el siglo XIX, a un elevado costo en vidas. A la gran Colombia le cercenaron Panamá con la idea de “abrir” la tierra y permitir que los barcos fuesen de un mar a otro y de ahí a cualquier puerto del mundo.

Evitar el largo y penoso viaje marítimo hasta la Tierra de Fuego, para llevarse lo que fuera desde New York a Los Ángeles, o hasta San Francisco, o viceversa, era y es algo sustancial para la vida de los Estados Unidos, si tomamos en cuenta que las costas de ambos océanos se hayan alejadísimas entre sí y no todo es transportable por aire, por ejemplo el petróleo.

Una de las imágenes más difundidas por el cine de Hollywood, representa las caravanas de carretas y jinetes que cruzaban desde la costa del Este para alcanzar las tierras “cobradas” del Oeste, a las que la imaginación de la época atribuía riquezas auríferas, valles fértiles y otras bellezas, como sus alegres salones y abundantes oportunidades de emprender cualquier cosa.

Mas era necesario vencer a las tribus autóctonas y al clima inhóspito de las montañas y los desiertos, además de sortear las crecidas de los caudalosos ríos. Éstos llegan a tener en algunas zonas grandes ensanchamientos, pero también rugen dentro de profundos cañones.

Cruzar Norteamérica, desde el Atlántico al pacífico, era una aventura que muchos solamente experimentaron una sola vez en su vida: cruzaron y no volvieron. Se convirtieron en colonos del Oeste de los Estados Unidos.

El cómo llegar al Oeste más rápido y seguro, se convirtió en una búsqueda obligada para las empresas y para el gobierno de esta potencia económica. La red de ferrocarriles desarrollada desde la segunda mitad del siglo XIX pronto se extendió por el territorio, sin embargo, es mucha la distancia en millas terrestres. De ahí que se buscara la ruta a través del mar, siendo el Istmo de Tehuantepec el paso idóneo para ir de una costa a otra del país, por lo que “negociaron” con el gobierno de Santa Anna, después de haber invadido y finalmente despojado a México de la mitad de su territorio entre 1847 y 1848. Este gobernante concertó con los vecinos norteamericanos un pacto en 1842 y que fuera ratificado en 1853, conocido con el nombre de Tratado de La Mesilla, en el cual se otorgó a los estadounidenses, además de este territorio, la servidumbre de paso por el Istmo.

Afortunadamente no fue llevado a la práctica el acuerdo que hubiera significado seguramente la presencia de tropas y algunas bases para resguardar el tránsito de los vecinos. Con el tiempo hubiera sido seguramente una extensión de aquél país y tendríamos doble frontera con Estados Unidos: en el norte y en el sureste.

Casi un siglo después, cuando Lázaro Cárdenas tomó posesión como presidente de la República el 1º de diciembre de 1934, una de las primeras acciones que realizó su gobierno fue buscar y finalmente encontrar la manera de nulificar el Tratado de La Mesilla, a través del recurso de la denuncia (anulación).

Los altos funcionarios de la Secretaría de Relaciones Exteriores le pusieron al tanto detalladamente de los asuntos pendientes con los Estados Unidos. Entre los datos que le fueron presentados se encontraba la vigencia del artículo VIII de dicho tratado y cuyo cumplimiento podía ser reclamado en cualquier momento.

En la lista que se le proporcionó estaba en primer lugar la vigencia del artículo VIII del Tratado de La Mesilla. Se le informó que Santa Anna lo había ratificado y que, por ello, los norteamericanos podían exigir, en cualquier momento, el paso por el istmo de Tehuantepec, y que México, por tanto, no le quedaba otro recurso que acceder a tales demandas de nuestros vecinos si hacían valer la obligación concertada en el pacto de 1853 […] (González; 1973, p.9).

Cárdenas instruyó a quien por entonces era embajador ante el gobierno de Washington, el Doctor Francisco Castillo Nájera, para que llevara a cabo la negociación que librara a México de la obligación de permitir irrestrictamente el paso de los viajeros estadounidenses con sus mercancías y valijas de correo, por la ruta del Istmo de Tehuantepec.

Sin duda se trataba de una misión que exigía además de habilidad diplomática, condiciones favorables y éstas se dieron en parte gracias a la política de buen vecino que mantuvo el presidente Franklin Delano Roosevelt.

La encomiable actitud del embajador de México tuvo en cuenta este factor y se aprovechó de un viaje que fue necesario realizar para asistir a la Conferencia de la Paz celebrada en Buenos Aires.

A bordo del barco que lo transportaba junto con otros funcionarios encontró el momento para conversar con el subsecretario de Estado de Estados Unidos, Sumner Welles. El doctor Castillo le solicitó durante la charla que su gobierno considerara dejar sin efecto los derechos del artículo VIII del tratado. Argumentó que en los años transcurridos desde la época en que dicho tratado fue signado, jamás fue utilizado el paso por el Istmo de Tehuantepec, de manera que no tenía sentido mantenerse en el acuerdo, además la reunión hacia donde viajaban en la capital Argentina, tenía el espíritu de la buena voluntad entre los vecinos del continente, ocasión que hacía propicia la suspensión o “denuncia” que dejara sin efecto el acuerdo.

Así se le hizo ver a Welles, quien estuvo a favor de la idea y pidió tiempo para consultarlo con el secretario Cordell Hull. Durante los trabajos de la reunión el embajador mexicano insistió con su petición ante el pleno donde se encontraba el presidente Rossevelt, quien ofreció analizar la propuesta y ponerla a consideración del Departamento de Marina. Sin embargo el esfuerzo diplomático mexicano no había logrado un documento escrito, donde quedara asentado el avance que se tuvo con la aceptación de Welles, Hull y el propio presidente, quienes desde el principio vieron con simpatía la idea.

Esta situación motivó a Castillo Nájera a elaborar un memorándum que mencionaba algunos asuntos bilaterales, dejando a propósito en segundo término lo concerniente a la anulación de los derechos concedidos en el artículo VIII del Tratado de La Mesilla. En el documento se argumentaba que la demora del Departamento de Marina impedía el cumplimiento de los acuerdos, porque aún no se daba respuesta a la consulta formulada al respecto.

Después de algunos meses de espera, en la Misión diplomática mexicana en Washington fue recibida la noticia favorable a la gestión que realizó el doctor Castillo Nájera, con lo cual se liberaba el compromiso de permitir a los estadounidenses el libre paso de personas, mercancías y correspondencia, por el Istmo de Tehuantepec, compromiso que fue ratificado por Santa Anna y el jefe de los conservadores Manuel Díez Bonilla en 1853. La anulación del acuerdo está fechada el 14 de abril de 1937, es decir, transcurrieron ochenta y cuatro años sin que se ejerciera el derecho pactado.

Los hombres ligados al Istmo de Tehuantepec, a uno y otro lado de la frontera, de Santa Anna a Polk, Juarez, Buchanan, Ocampo, Mc Clane, entre otros, tuvieron sus motivos y visiones para ambicionar, vender o defender esta angostura geográfica como paso estratégico que además ofrece riquezas naturales gracias al variado clima, suelos, subsuelos y los caudales de sus ríos.

Cuando el petróleo se convirtió en la sustancia más codiciada del planeta, el Istmo aumentó su valor geopolítico debido a su proximidad a los grandes yacimientos que aún controla México.

La distribución social de la zona abarca en nuestros días una población superior a dos millones de personas, que representan el veinticuatro por ciento del total de habitantes de Oaxaca. Comprende mil 230 núcleos agrarios de los cuales el 95 por ciento son ejidos y sólo doscientos cuarenta y nueve de ellos están en municipios que tienen más del 51 por ciento de indígenas. 73 núcleos más están en el rango del 31 al 50 por ciento de indígenas y 908 núcleos cuentan con el 30 por ciento de población indígena. Entre ellos encontramos chinantecos, mazatecos, zapotecos, mijes, nahuas, popolucas, ikoots, chontales, mixtecos, ixcatecos, tzotziles, chochos, zoques y huaves.

Indígenas y pobreza son dos realidades unidas. En el sureste del país habita el 74 por ciento de la población indígena nacional, en el 84 por ciento de sus municipios se vive la alta y muy alta marginación y es aquí donde se ubican más del 50 por ciento de las localidades del país cuyo número de habitantes es menor a 2500 (Almeyra y Alonso; 2002, p. 33).

Esta variedad étnica y su riqueza biótica sufren una gran transformación a partir de los primeros acuerdos para el megaproyecto del PPP (Plan Puebla Panamá). Las resistencias que a lo largo de la historia han encarnado los habitantes del Istmo, se concatena con las actuales luchas que mantienen las comunidades ante el embate de la punta de lanza que el neoliberalismo ha trazado en la zona.

Referencias

Almeyra Guillermo y Alfonso Romero Rebeca (2004). “El Plan Puebla Panamá en el Istmo de Tehuantepec”. Universidad de la Ciudad de México.

Biodiversidad 33/1 Agosto de 2002.

Facio Carlos/II (Boletín Chiapas al Día No. 175, http://www.cierpac.org).

González Ramírez Manuel (1973). “El codiciado Istmo de Tehuantepec”. Colección   Metropolitana. Departamento del Distrito Federal, México.

Jerez Henríquez Bárbara / Trabajadora social y estudiante de Maestría en Cs. en Desarrollo Rural Regional. Universidad Autónoma de Chapingo, México.


[1] Por su extensión, “La saga del Istmo de Tehuantepec” fue dividido en cuatro partes. Ésta es la tercera.

Carlos Antonio Villa Guzmán es Maestro en Comunicación de la Ciencia y la Cultura por el ITESO, es profesor-investigador del Departamento de Estudios de la Comunicación Social en la Universidad de Guadalajara.

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