El Cafecito

Diario de un mal año, de J.M. Coetzee, traducido por José Luis Justes Amador

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UNO: OPINIONES FUERTES

12 de septiembre de 2005 – 31 de mayo de 2006

01. Sobre los orígenes del estado.

Cualquier recuento sobre los orígenes del estado comienza con la premisa de que “nosotros” — no nosotros los lectores sino un nosotros tan amplio que no excluya a nadie — participamos en que llegue a ser. Pero el hecho es que el único “nosotros” que conocemos — nosotros mismos y los cercanos a nosotros — han nacido dentro del estado y que nuestros antepasados también nacieron dentro del estado sin importar hasta cuan atrás nos remontemos. El estado siempre está ahí antes que nosotros.

(¿Hasta cuan atrás nos podemos remontar? Para el pensamiento africano el consenso es que tras siete generaciones ya no podemos distinguir entre mito e historia).

Si, a pesar de la evidencia de nuestros sentidos, aceptamos la premisa de que nosotros o nuestros ancestros crearon el estado, entonces debemos aceptar también su conclusión lógica: que nosotros o nuestros ancestros pudieron haber creado el estado de alguna forma como si pudiéramos elegir. Y quizá, también, que podemos cambiarlo colectivamente si así lo decidimos. Pero el hecho es que, incluso colectivamente, aquellos que estamos “bajo” el estado, que “pertenecemos a” el estado, hallaríamos muy difícil de hecho cambiar su forma; ellos — nosotros — de hecho somos incapaces de abolirlo.

Apenas está en nuestra mano cambiar la forma del estado y es imposible abolirlo porque, en un vis-à-vis con el estado, estamos, precisamente inermes. En el mito de la fundación del estado tal y como lo establece Thomas Hobbes, el descenso a nuestra falta de poder era voluntaria: para escapar a la violencia de la guerra interminable (ataque tras ataque, venganza tras venganza, la vendetta), nosotros individualmente le cedemos al estado el derecho a usar la fuerza física (lo correcto tiene la fuerza, la fuerza está en lo correcto) entrando así en el reino (la protección) de la ley. Aquellos que eligieron y eligen estar fuera de este grupo compacto pasan a estar al margen de la ley.


La primera vez que la vi fue en el cuarto de lavandería. Era a mitad de mañana de un día tranquilo de primavera y yo estaba sentado viendo cómo daba vueltas la colada cuando esta impresionante joven entró. Impresionante porque lo último que yo esperaba era semejante aparición y también porque el vestido rojo tomate que llevaba era espectacular en su brevedad.


La ley protege al ciudadano que la cumple. Lo protege, incluso, hasta el grado de hacerlo con el ciudadano que, sin negar la fuerza de la ley, nunca la usa contra su conciudadano: el castigo prescrito para el ofensor debe ser codigno de la ofensa. Hasta el soldado enemigo, que es un representante del estado rival, no debe ser entregado a la muerte al ser capturado. Pero no hay ley que proteja al que vive al margen de ella, al hombre que se levanta en armas contra su propio estado, es decir, contra el estado que lo reclama como suyo.

Fuera del estado (de la riqueza común, del statum civitatis) dice Hobbes el individuo puede sentir que tiene libertad perfecta pero esa libertad no le hace bien. Dentro del estado, por otro lado, cada ciudadano retiene tanta libertad como necesita para vivir en paz [mientras] que a los demás se les quita la suficiente libertad como para que no haya que temerlos… Resumiendo: fuera de la sociedad está el imperio de las pasiones, la guerra, el miedo, la pobreza, lo desagradable, la soledad, la barbarie, la ignorancia, lo salvaje; dentro de la sociedad está el imperio de la razón, la paz, la seguridad, la riqueza, el esplendor, la sociabilidad, el buen gusto, las ciencias y la buena voluntad.

Lo que el mito hobbesiano de los orígenes no menciona es que el traspaso del poder al estado es irreversible. La opción no está abierta a que cambiemos de opinión, a decidir que el monopolio del ejercicio de la fuerza custodiado por el estado, codificado por la ley, es lo que no que queremos después de todo, a que prefiramos volver a un estado natural.

Nacemos sujetos. Desde el momento en que nacemos estamos sujetos. Una marca de esta sujeción es el acta de nacimiento. El estado perfecto mantiene y se guarda el monopolio de certificar el nacimiento. O se te otorga (y cargas con él) un certificado del estado, adquiriendo así una identidad que durante el curso de tu vida permite que el estado te identifique y te tenga controlado (vigilado) o no tienes identidad y te condenas a ti mismo a vivir fuera del estado como un animal (los animales no tienen papeles que los identifiquen).


El espectáculo que yo ofrecía también debe haberle dado también algo con que comenzar: un viejo arrugado en una esquina que a primera vista podía haber sido un vagabundo. Hola, dijo amable, y después se dedicó a lo suyo que era vaciar dos bolsas de lona blanca, bolsas en las que la ropa interior masculina parecía predominar, en un lavadora.


No sólo no se puede entrar al estado sin certificación: a los ojos del estado no se está muerto hasta que se levanta un acta de defunción. Y sólo se puede certificar la muerte por un oficial que tenga autorización del estado, el estado persigue la certificación de la muerte con una seriedad extraordinaria. Basta ser testigos del despliegue de científicos forenses y burócratas para analizar y fotografiar y arrastrar y rebuscar la montaña de cuerpo que dejó el gran tsunami de diciembre del 2004 para establecer sus identidades individuales. No se reparó en gastos para que el censo estuviese completo y fuese cierto.

Si el ciudadano vive o muere no es asunto del estado. Lo que le interesa al estado y sus registros es si el ciudadano está vivo o muerto.

* * *

Los siete samuráis es una película totalmente maestra en su medio aunque lo suficientemente naive como para tratar simple y directamente las cosas importantes. Específicamente trata del nacimiento del estado y lo hace con una claridad y una comprensión shakesperiana. De hecho, lo que ofrecen Los siete samuráis es nada menos que la teoría kurosawaiana del origen del estado.


Bonito día, dije. Sí, dijo ella, dándome la espalda. ¿Eres nueva? Le dije, queriendo decir que si era nueva en la Torres Sydenham, aunque otros significados eran también posibles, ¿eres nueva en esta tierra?, por ejemplo. No, dijo. Qué difícil es mantener una conversación viva. Vivo en la planta baja, dije. Se me permite hacer gambitos así que terminan en la vulgaridad. Un anciano tan vulgar, sería lo que ella le dijera al dueño de la camisa rosa de cuello blanco, me costaba apartarme de él, no quería parecer descortés. Vivo en la planta baja desde 1995 y no conozco a todos mis vecinos, le dije. Sí, dijo ella y no añadió nada más como diciendo sí, ya escuché lo que dijiste y estoy de acuerdo y es trágico no conocer a los vecinos, pero así es en las grandes ciudades y tengo otras cosas que hacer así que porqué no dejamos que este intercambio de amabilidades muera de muerte natural.


La historia que se cuenta en la película es la un pueblito en un tiempo de desorden político, un tiempo en el que en el estado ha dejado fácticamente de existir, y de la relación de los habitantes con un ejército de bandidos armados. Tras años de bajada al pueblito como una tormenta, violando a las mujeres, matando a los hombres que se resisten, llevándose los alimentos que tenían almacenados, los bandidos tienen la idea de sistematizar sus visitas, llegando al pueblo una sola vez al año para recoger o exigir el tributo (los impuestos). Es decir, los bandidos dejan de ser predadores del pueblo para convertirse en parásitos.

Uno supone que los bandidos tienen otros pueblos “pacificados” bajo su mano, que descienden a ellos en rotación y que el conjunto de todos esos pueblos constituye la base de los impuestos de los bandidos. Lo más probable es que tengan que luchar con bandas rivales para ganar el control sobre algunos pueblos pero nada de eso se ve en la película.

Los bandidos aún no han empezado a vivir entre sus sujetos, dejando que se encarguen de la vida cotidiana; es decir, no han convertido a los habitantes en esclavos. Kurosawa está así poniendo a nuestra consideración un estado muy temprano del nacimiento del estado.

La acción principal de la película comienza cuando los habitantes conciben el plan de alquilar su propia banda de hombres duros, los siete samuráis desempleados del título, para protegerlos de los bandidos. El plan funciona, los bandidos son derrotados (la mayor parte del la película se la llevan escaramuzas y batallas), los samuráis resultan victoriosos. Habiendo visto cómo funciona el sistema de protección y extorsión, la banda de samuráis le hace una oferta a los lugareños: ellos, por un precio fijo, tendrán bajo su protección a la aldea; o sea, que tomarían el lugar de los bandidos. Pero en un final bastante esperanzador los habitantes declinan la oferta: le piden a los samuráis que se vayan y los samuráis obedecen.


Ella tiene el pelo negro, negro, huesos marcados. Un cierto brillo dorado en su piel, radiante sería la palabra. Y en lo que respecta al vestido rojo brillante, ese no sería quizá el tipo de ropa que se hubiera puesto si esperara que hubiese una extraña compañía masculina en la lavandería a la once de la mañana un día entre semana. Un vestido rojo y sandalias. Sandalias de esas que van en los pies.


La historia kurosawiana del origen del estado aún se juega en nuestros tiempos en África donde grupos de hombres armados toman el poder — es decir, se anexan el tesoro nacional y los mecanismos para poner impuestos a la población —, acaban con sus rivales y proclaman el año uno. Aunque estos grupos militares africanos no son muchas veces más grandes o más poderosos que las mafias organizadas de Asia o Europa Oriental, sus actividades son respetuosamente cubiertas por los medios — incluso los medios occidentales — en la sección de política (política internacional) más que en la de crimen.

Se pueden citar ejemplos del nacimiento y el renacimiento del estado en Europa también. En el vacío de poder que siguió a la derrota de los ejércitos del Tercer Reich en 1944 y 1945, los grupos rivales armados luchaban por hacerse cargo de las naciones liberadas recientemente. Quien tomaba el poder estaba determinado por quien podía llamara a qué ejercito extranjero en su ayuda.

¿Le dijo alguien, en 1944, al populacho francés: Considerad que la retirada de los señores alemanes significa que por un momento no tenemos quien nos dirija. ¿Queremos que termine este momento o queremos perpetuarlo, ser los primeros en los tiempos modernos que nos neguemos al estado? Que nosotros, franceses, usemos nuestra nueva y súbita libertad para debatir en calma la cuestión? Quizá algún poeta lo dijera, pero si lo hizo su voz debió ser silenciada de inmediato por los grupos armados que, en este caso y en todos tienen más en común entre ellos que con la gente.

* * *

En los días de la monarquía al sujeto se le decía: Solías ser súbdito del rey A, ahora el rey A ha muerto y, mira, eres súbdito del rey B. Después llegó la democracia y al sujeto por primera vez se le dejaba elegir: ¿Quieres (colectivamente) ser regido por el ciudadano A o por el ciudadano B?


Mientras la observaba un dolor, un dolor metafísico, me invadía sin que yo hiciera nada para detenerlo. Y de un modo intuitivo ella lo sabía, sabía que en el anciano de la silla de plástico en la esquina había algo personal ocurriendo, algo que tenía que ver con la edad y el arrepentimiento y lo roto de la cosas. Algo que a ella no le gustaba especialmente, que no quería evocar, aunque era un tributo para ella, a su belleza y la frescura además de a lo corto de su vestido. Si hubiera venido de alguien diferente, hubiera tenido un significado más claro y directo y ella pudiera haber estado más dispuesta a recibirlo; pero viniendo de un anciano su significado era demasiado difuso y melancólico para un día agradable en el que tienes prisa por terminar con las cosas de la casa.


Siempre el sujeto es enfrentado a un hecho cumplido: en el primer caso con el hecho de estar sujeto, en el segundo con el hecho de la elección. La forma de la elección no está abierta a discusión. La papeleta de voto no dice: ¿Quieres a A o a B o a ninguno? Nunca dice: ¿Quieres a A o a B o no quieres nada? El ciudadano que su tristeza eligiendo una de las opciones en la oferta por los púnicos medios que le son dados — no votando o anulando su papeleta de voto — simplemente no cuenta, es decir, es descontado, ignorado.

Enfrentado a elegir entre A y B, dado el tipo de A y el tipo de B que normalmente se presentan en la papeleta, mucha gente, gente normal y corriente, se siente inclinada de todo corazón a no elegir a ninguno. Pero eso es sólo una inclinación y el estado no trabaja con inclinaciones. Las inclinaciones no son parte de la moneda de la política. El estado trata con elecciones. A la persona normal y corriente le gustaría decir: Hay días que prefiero a A, hay días que prefiero a B, la mayoría de los días me parece que ambos deberían desaparecer. O: A veces, algo de A y algo de B y el resto del tiempo ni A ni B sino todo lo contrario. El estado menea la cabeza. Tienes que elegir, dice el estado: A o B.

* * *

“Extender la democracia” como ahora hacen los Estados Unidos en Oriente Medio significa extender las reglas de la democracia. Significa decirle a la gente que mientras que antes no tenían elección ahora ya tienen una elección. Antes tenían a A y nada más que A; ahora tienen la posibilidad de elegir entre A y B. “Extender la libertad” quiere decir crear las condiciones para que la gente escoja libremente entre A y B. Extender la democracia y extender la libertad van de la mano. La gente involucrada en el proceso de extender la libertad y la democracia no ve nada irónico en la descripción del proceso que acabo de explicar.


Pasó una semana antes de que volviera a verla de nuevoen un complejo de apartamentos tan bien diseñado como este, vigilar a los vecinos no es fácily fue fugazmente mientras ella pasaba frente a la puerta principal con unos pantalones blancos que mostraban un trasero tan cercano a la perfección que debería ser angélico. Dios, concédeme un solo deseo antes de morir, susurré. Pero la especificidad del deseo me avergonzó y lo retiré.


Durante la Guerra Fría, la explicación que daban los países occidentales para la ilegalización de sus partidos comunistas era que a un partido cuyo objetivo declarado fuera la destrucción del proceso democrático no debería dejársele participar en el proceso democrático, definidito como la elección entre A y B.

* * *

¿Por qué es tan difícil decir algo sobre política fuera de la política? ¿Por qué no puede haber un discurso sobre política que no sea en sí mismo político? Para Aristóteles la respuesta es que la política está inscrita en la naturaleza humana, o sea, es parte de nuestro destino como la monarquía es parte del destino de las abejas. Intentar un discurso sistemático y suprapolítico sobre política es fútil.


Por Vinnie, que cuida la Torre Norte, me enteré de que ellaa la que soy tan prudente de describirle no como la joven con el vestido sorprendentemente corto y ahora con unos pantalones elegantes, sino como la joven del cabello negroes la esposa o al menos la novia del tipo pálido, acelerado, gordinflón y siempre sudoroso cuyo camino se cruza algunas veces con el mío en el lobby y al que en privado llamo el señor Aberdeen. Es más, ella no es nueva en el sentido más amplio de la palabra ya que (junto al señor A.) ha ocupado desde enero uno de los departamentos del último piso de esta misma torre norte.


José Luis Justes Amador es escritor y traductor, es becario del FECA en la categoría de Creadores con Trayectoria en Literatura, emisión 2006-2007; “Mujeres infieles”, su proyecto, será publicado con regularidad en el cafecito a lo largo del 2007.

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