El Cafecito

Hombres que no tuvieron monumento, por José Luis Justes Amador

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La memoria, donde se la toque, duele

(G. Seferis)

I

Entra en la librería. Como siempre.

II

Como podría haber entrado a cualquier otro sitio. Hay una cafetería semidesierta que le recuerda a Pessoa. Podría entrar a esa oficina de periódico en la que le gustaría ser un reportero de política, aunque fuese local, o columnista. Esa oficina que le acoge y en la pasan ante sus ojos páginas y páginas que hay que leer y aprobar. O enviar a que sean retocadas.

Podría haber entrado a una funeraria o a una fiesta. Pero decide entrar, como siempre, a esa librería.

III

Entrar, no a cualquier librería sino a ésa, forma parte de una rutina sin horas. Pasea entre los muebles bajos. Husmea entre los ordenadamente desordenados  volúmenes que componen las novedades que ocupan la parte superior de dichos muebles. Se acerca, de vez en cuando, casi siempre a las mismas, a las estanterías. Lee los lomos. Los relee. Recuerda lo leído y es consciente de todo lo que no leerá.

IV

Colecciona nota roja y noticias culturales en cuadernos de caligrafía. Escribe obsesivamente notas a pie de página, en los márgenes. Comentarios que son sólo signos ortográficos. Comenta las noticias para sus contemporáneos. Aun sabiendo que estos no habrán de leerle.

V

En doscientos años nadie le recordará pero está construyendo su propio monumento.

VI

Noviembre. Recorta una brevísima biografía de Posada, el grabador, de la que destaca, en un círculo rojo, trazado a mano, una frase aún más breve: arrojado a seis años de su muerte a la fosa común. Junto a la nota transcribe de memoria, de mala memoria, una frase que recordaba haber leído.

VII

Escribimos para que dentro de doscientos años alguien le pregunte a otro quiénes éramos cuando nos encuentre en una antología perdida de la mano de dios o, con suerte, en una nota a pie de página.  La única gloria a la que aspiramos es a nosotros mismos. O a esa maravillosa obra maestra inédita, no desconocida, inédita a que aspiran todos los jóvenes.

VIII

Nadie sabe su secreto. Lo ha leído todo. O, al menos, sabe todo lo que el otro puede saber.

IX

De noche, abre los libros que quiere releer. No le hace falta releer. Lo recuerda todo. Lee las dedicatorias. Colecciona dedicatorias.

X

En esta estantería están los libros robados. Sólo vale la pena comprar los libros que no se van a leer: los de moda, los que todos van a decir que han leído. Además, el amarillo es un buen color para la sala. Me gusta esa editorial. Los que han acompañarnos toda la vida han de ser robados. No por pobreza, que conviene fingir al ser descubierto, ni cleptomanía, que nadie en su sano juicio considera una enfermedad. Si acaso un juego con reglas demasiado complicadas. Sólo afanándolos podemos lograr que nada, que nadie, se interponga en el placer de la lectura.

Que nadie nunca regale un libro, que nadie nos otorgue una tarde, una noche agradable, memorable es la palabra, el mismo día que abrimos un libro. Porque quedarán unidos para siempre. Y harán el placer, cualquiera de ellos, menor.

XI

Éramos ricos. Pero nunca pudimos creérnoslo. Cuando ya casi estábamos convencidos de ello, siempre había algo que lo impedía. Todos nuestros vecinos eran más ricos que nosotros. Y la riqueza, no lo olvides, hijo mío, no es cuestión de totalidad. No se puede ser totalmente rico. No hay medida que lo complete. Ser rico es siempre relativo.

XII

Juan es como si un músico fuera ciego. O, como el hijo compositor de Kenzaburo Oe, idiota. En el caso del vástago del escritor, clínicamente cierto; en el de Juan, una metáfora.

XIII

Una mujer camina. Sin saber a donde ir. No hay nadie que cause más compasión en las tardes de otoño que una mujer caminando por el parque de tonos ocres. Tal vez porque es la personificación perfecta de nuestro deseo. No de un deseo carnal sino de esa ansiedad profunda que tenemos aunque no lo sepamos: siempre estamos esperando que alguien nos pida un consejo.

He tenido esa sensación, ver a alguien caminando y desear que se acerque, tres veces. Aunque no las recuerde.

XIV

La primera mujer que vino a dormir conmigo después de mi matrimonio se quedó semidormida mientras yo iba al cuarto de baño. Nos llevábamos catorce años de diferencia a su favor. Es decir, ella era más joven. Al regresar, me abrazó llorando. Alguien, me dijo, ha muerto en esta cama. Pensé en su virginidad recién abandonada.

Comenzó a llover mientras esperábamos el taxi. Apenas habíamos hablado desde que nos levantamos de la cama. Seguía lloviendo cuando ella se montó en el taxi y me dijo, Hay fantasmas. Mi padre había dormido en aquella cama. Yo había dormido en aquella cama el último mes de cohabitación, qué palabra más inexacta para tales circunstancias, cohabitación conyugal. Todos somos fantasmas, pensé, intentando tranquilizarme. Una sirena de ambulancia sonaba a lo lejos. Hacia tiempo que no rezaba. Esperé sin esperanza. Pero eso era un verso de Eliot. Un consuelo no una petición.

Al día siguiente me la cogí con todas mis fuerzas. La sodomizé por primera vez.

José Luis Justes Amador es escritor y traductor, es becario del FECA en la categoría de Creadores con Trayectoria en Literatura, emisión 2006-2007; “Mujeres infieles”, su proyecto, será publicado con regularidad en el cafecito a lo largo del 2007.

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