El Cafecito

Buenos vecinos, por Luis Buero

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Yo  vivía en un barrio de casas, hasta que un día fui a parar a uno de esos rascacielos que mi abuela solía llamar conventillos de lujo.

Mi primer destino fue una planta baja, que elegí porque tenía un patiecito con macetas que me recordaba que yo era parte de la naturaleza. Todo en ese moderno edificio era “inteligente”… menos los vecinos. Les costará creerlo, pero cada mañana tenía que juntar con bolsa y pala todos los recuerdos que me tiraban desde los pisos superiores. Como detective involuntario sabía si el del sexto “D” se había protegido antes de tener sexo la noche anterior, o si el del quinto “J” había sorprendido una laucha comiéndose su queso, y también si la del noveno “A” estaba en esos días”. Sí, lo que leen, no os horroricéis.

Urgente me mudé a un edificio más pequeño, de dos unidades por planta, y compré el primero “A”, sin saber que en el primero “B” se acababa de instalar un joven al que sus amigotes apodaban el drogaman”. Yo me preguntaba el porqué del seudónimo, hasta que empezó a picarme la nariz y la garganta cada vez que entraba y salía de mi  departamento. De las hendijas de su puerta fluía una neblina que se transformaba en una nube de formas imprecisas, cuyo aroma ácido se mezclaba con el de los olores de las bolsas de residuos que depositaba en el pasillo a toda hora.

Me quejé sin éxito con el administrador hasta que finalmente, al terminarse su contrato, el fumador de hierbas dejó su humeante vivienda a una nueva inquilina, una abuelita enternecedora, con un solo defecto llamado Pichi. Pichi era un doberman desdichado de seis meses de edad que aullaba veinticuatro horas seguidas de lunes a domingo, ya que la  viejecilla era dueña de un geriátrico y se pasaba todo el día controlando su funcionamiento, dejando solito al pobre can. Ya olvidado del significado de la palabra dormir,  permuté mi tres ambientes por otro en el penúltimo piso, sobre el cual vino a vivir una pareja de recién casados. Todo era nuevo para ellos… menos la cama, porque sus resortes y golpeteos chillaban una y otra vez sobre las medianeras en cuanta oportunidad los tortolitos homenajeaban su amor, siempre de madrugada y sin darse respiro.

Huí pues, de ese edificio, y comencé a transitar diferentes unidades en propiedad horizontal encontrándome con solos de batería, alaridos inhumanos, batir de puertas, movimientos constantes de muebles, llantos inacabables de recién nacidos, loros y gallos madrugadores, teléfonos y equipos de audio de sonido estereofónico a todo volumen, y orgasmos cantados por sopranos y tenores de ópera. Descubrí que los habitantes de un consorcio construyen individuocracias que quiebran a diario la experiencia comunitaria que ellos mismos han creado. Y recordé que la libertad de cada  uno termina donde empieza la de los demás. Eso lo decía mi profe de Cívica, que ya, como el respeto, falleció hace tiempo. Mucho tiempo.

Luis Buero es guionista, periodista y psicólogo social.  Colabora para el cafecito desde Argentina. Visita su sitio:  http://www.luisbuero.com.ar

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