El Cafecito

Apuntes (o decálogo) para un dos de julio, por José Luis Justes Amador

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1.      Quienes no conocen mi situación migratoria, nada les obliga a hacerlo, preguntaban en futuro perifrástico “¿Por quién vas a votar?”, los que me conocen en hipotético “¿Por quién votarías?”. Quitada la explicación innecesaria para los primeros, la respuesta era la misma: “Por mí mismo”. Habiéndome saltado a la torera (nobleza obliga) una de las características del voto, secreto, nunca logré entender por qué a todos les asombraba que hiciera uso de otra de sus características, libre. Se nos olvida, con eso del voto útil, que tenemos derecho a votar por quien nos de nuestra regaladísima gana. Aunque no votemos.

2.      Supongo que las caras de asombro se referían a lo mal presidente que resultaría (tenían razón), pero la bondad o maldad (cada uno, se ha demostrado, ve al diablo siempre en el lado contrario) no tiene nada que ver con la libertad. Libres aunque metamos la pata.

3.      La cultura política no tiene límites. Uno nunca termina de aprender cosas. Repaso todo lo que aprendí el dos de julio. Que el nombre más repetido en el padrón electoral es Juan Martínez Martínez (o Fernández Fernández); o sea, que vivimos en país endogámico e incestuoso. Me hubieran avisado antes. Que hay mujeres sin apellidos y Derechos Humanos no protesta (uno de los derechos del hombre y la mujer es a tener nombre y apellidos). Que la tinta indeleble al final sí se quita y que la inventó un científico de la UNAM, noticia que se repite cada sexenio. Que todos somos iguales ante la ley pero no ante la prensa. Si en el cine mexicano sólo hay cuerpos desnudos y pobres, en los votantes sólo hay políticos y pobres. Que nunca pasa nada hasta que pasa. Que todos nos fiamos de todos hasta que no nos fiamos. Que la gente aplaude en los bares cuando gana su candidato o abuchea al contrario. Como en el fútbol. Que al árbitro no le aplaude nadie. Que como en el fútbol, si fue penalti, no lo vi. Que para los niños pequeños las primeras elecciones de su vida son ese día que no hubo fútbol. Que pequeño es el mundo que todos hicimos lo mismo. Y, sobre todo, que cuando uno vota no hay que beber. (Para las próximas elecciones propongo o que no haya ley seca, que se pongan alcoholímetros en las casillas o que, para dar ejemplo, no se le venda alcohol a quien conduzca. Porque todo parece concluir que votar es más peligroso que conducir). Salud.

4.      Agua. Bebiendo agua hasta las once de la noche. Y después también. Pero eso sí, aquello, lo que vimos, lo que oímos, fue mejor que el mejor de mis delirium tremens.

5.      Una de las demostraciones del proverbial talento del mexicano (quitando lo de la tinta indeleble y el par de premios Nóbel y el pichichi de Hugo Sánchez en la liga española y Corona la cerveza que más se bebe en el mundo y el mariachi y el mole y el chile y la ola en los estadios y, y…) es su habilidad para inventar cánticos. “Sí se puede” (y su variante a toro pasado “sí se pudo”) han sido usadas hasta la saciedad en partidos de fútbol, resultados electorales, graduaciones, enfrentamientos entre globalifóbicos y policía, alumnos en huelga, negociaciones sindicales y un largo etcétera. La genialidad no es tanto el invento sino la capacidad de acomodar del habitante de tal país cualquier porra a cualquier circunstancia. Y como los políticos, querámoslo o no, también son connacionales, tienen la susodicha habilidad. Tras a invención (genial, eso sí) por cierto partido de “Voto por voto, casilla por casilla”, los del partido contrario llegan y, democráticos que son, la aceptan y la cantan y la corean también añadiéndole la coda “Felipe está en la silla”.

6.      En un país más civilizado que éste (no es un error de dedo ni peyorativo, escribí más civilizado), si dos candidatos se proclaman ganadores de unas elecciones democráticas con apenas diez minutos de diferencia, estallaría una guerra civil. Aquí no. Sólo hay dos causas posibles: la cosa es celebrar, sea lo que sea, gane quien gane (aunque nunca pierde nadie, como en el fútbol) o que la ciudad más grande del mundo tiene espacio suficiente como para que dos presidenciables celebren su victoria sin llegar a encontrarse nunca.

7.      No logro entender por qué el PRI se considera perdedor. Yo en su caso hubiera saltado de alegría y considerado la(s) realidad(es) de las exit polls, las miles de encuestas, los preps, el conteo final. Se sentían tristes (tanto que se los tragó la tierra o eso desearon) porque habían quedado los últimos. No, señores, vuelvan a mirar las encuestas. No se quedaron los terceros de tres, fueron los terceros de cinco, una decente tabla media.

8.      En las semanas posteriores a la elección aprendí tantos sinónimos de trampa, tantas maneras diferentes de referirme a los diversos modos de llenar o vaciar urnas que ya tenía para un cuento. (Recuérdese que uno de los peores defectos de un escrito es repetir una y otra vez la misma palabra.) Lo comencé, aunque me percaté a tiempo de que estaba en un error. Todos estaban usando al IFE como chivo expiatorio y el susodicho organismo no tenía a nadie a quien echarle la culpa. No podía arriesgarme a que me descubrieran, me usasen como chivo expiatorio, 33 y para afuera. No, señor. Hay cosas más importantes que la literatura.

9.      Aguascalientes, quod erat demostrandum (expresión escolática que significa “lo que era por demostrarse”). Al menos, de mi república. Mi experiencia en las elecciones lo demuestra. El norte, azul; el sur, amarillo. Mi estado, azul; la mayoría de mis amigos, amarillos.

10.   Aún estamos a tiempo. En seis años vuelvo a esperar que todos anoten mi nombre en ese espacio en blanco. Sé que sueno a Calderón cuando nos espantaba con lo que pasaría en la hipotética victoria de López Obrador, pero, piénsenlo, al paso que vamos las dos únicas opciones viables vamos a ser el doctor Simi y un servidor. Y, en tercer lugar, aunque lejos, as usual, el PRI.

José Luis Justes Amador es escritor y traductor.

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