El Cafecito

¿Réquiem por la cultura?, por Dorismilda Flores Márquez

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No existe una sociedad sin política y sin comunicación, las necesitan, se necesitan para poder ser. Y no puedo pensar tampoco en una sociedad sin cultura o sin religión, sin eso que da sentido a la vida, que la mueve, que nos convierte en alguien, nos da identidad. En el campo religioso, diversos autores hablan de que en la modernidad se quiso hacer un mundo sin Dios, apoyado totalmente en la razón, de modo que se negaba a Dios para afirmar al hombre; y, ante el fracaso de la modernidad, ahora, en la posmodernidad, se vive sin Dios y sin el hombre, se vive de cosas y apariencias (De Regil Vélez; 1997). Con la cultura pasa algo similar, parece que se quiere vivir sin ella y que lo único importante es el desarrollo económico, el bienestar material, cueste lo que cueste… y no hablo sólo de dinero. Según Raúl Trejo Delarbre, “quizá parte de esa difuminación de ideologías que algunos llaman posmodernidad sea la abolición de las corrientes de pensamiento tal y como existieran en muchos países” (1996).

Hoy tenemos todo y a la vez nada. Por un lado, vivimos en lo que algunos llaman sociedad del conocimiento y otros simplemente sociedad de la información, y tenemos las mil y una posibilidades — de conocer, investigar, reflexionar, compartir y generar algo nuevo — que nos da el acceso a las nuevas tecnologías de información y comunicación; se trata de un mundo de información y conocimiento, no cuantificable, tal vez inimaginable. Pero, también hay desde hace años, una tendencia a la especialización, en las carreras, en el trabajo y a veces hasta en la casa. Entre lo general y lo específico, hay algo que se pierde en el camino, eso que sí tenían las generaciones anteriores, la cultura general.

De pronto, tenemos funcionarios públicos y periodistas que cambian de nombre a escritores y músicos, actrices que le dicen tsurimis a los tsunamis, conductores que mandan saludos a quienes los ven a través de cierto canal europeo en países como Bélgica y Australia (qué alcance, caray, qué alcance), reinas de belleza que si pudieran pedir un deseo buscarían la paz mundial aunque no sepan qué es exactamente eso. Y tenemos también un pueblo que no sabe quién diablos es Haydn, pero canta con mucho entusiasmo las canciones de RBD; que no lee un libro al año, pero pasa varias horas diariamente viendo televisión; que no sabe quién decidió que nuestra bandera tuviera esos colores y ese escudo, pero re bien que se la cuelgan cuando gana la Selección; que se puede reír de Fox por el incidente de Borgues, pero no ha leído un solo libro de Jorge Luis Borges; y, algo maravilloso, que se queja todo el tiempo de los contenidos perjudiciales y violentos de los medios de comunicación de masas, pero no es capaz de ver Abrelatas en vez de Laura en América.

Los medios de comunicación sirven para entretener, para informar, para socializar, pero también son vehículos de acceso al conocimiento. Y, por algún extraño motivo, empresarios, gobiernos y público, siguen viendo lo comercial y lo cultural en carriles diferentes; y entonces, los medios comerciales llevan chatarra hasta el último rincón, mientras los medios culturales sufren y lloran para llevar buen contenido a las tres personas que se dignan a hacerles caso.

Sí, nos guste o no, la basura es de arrastre popular, la cultura no interesa a todos. ¿Qué hacemos? ¿Le damos al pueblo lo que pida? Tal vez ni siquiera es lo que pide, tal vez no está acostumbrado a otra cosa. ¿Desaparecemos lo poquito bueno que hay porque “no es rentable”? Perfecto, hagámoslo, vamos todos, seamos un bonito pueblo de sacos de huesos, de robots muy productivos, aunque torpes; que no haya difusión cultural, tampoco investigación científica ni religión ni arte ni reflexión… ni pensamiento. Hagamos dinero para dárselo a nuestros dueños, no cuestionemos, seamos felices con lo que haya, con lo que nos quieran dar, no importa que sea basura; seamos conformistas, total, ¿para qué queremos algo mejor?, ¿para qué nos queremos cultivar?, ¿para qué queremos pensar?

¿Eso queremos? Porque hacia allá parece que vamos. Hoy todo mundo se escandaliza cuando se sabe de un vídeo-escándalo político, cuando hay un asesinato que conmociona a la sociedad (siempre me he preguntado por qué unos causan más revuelo que otros, más o menos crueles, todos son lo mismo, asesinatos), cuando los candidatos se dan hasta con la cubeta… y no muchos se escandalizan cuando se acaba un medio cultural, al fin, que “nadie” los ve-oye-lee.

Lo más triste es que esto no es nuevo, ya desde 1895, Amado Nervo escribió acerca de la crisis cultural, el cierre de periódicos y la ausencia de lectores; para él, las causas de la desaparición de los espacios culturales eran: el analfabetismo de las masas, la hostilidad del gobierno y los impuestos del papel (Pérez Gay; 1996).

Recientemente, en la presentación del libro de Gustavo Meza, Víctor Solís hablaba del abismo que hay entre el presupuesto dedicado a obras públicas y el que se destina a la cultura, mucho contra casi nada, parece que es más importante un paso a desnivel que las personas.

Y así, el tiempo pasa y las instancias culturales siguen desapareciendo, sea en pausitas — con recortes de presupuesto — o de golpe y sin decir “agua va” — como el Suplemento Arena y Radio UAA —.

El caso de Radio Universidad me parece todavía más preocupante, porque se supone que las universidades aportan a la sociedad el fruto de la investigación, generan conocimiento; si no, no son universidades, son simples institutos de capacitación para el trabajo. La orientación fundamental de cualquier universidad debe ser científica y cultural; pero la ciencia y la cultura necesitan difundirse — no se generan para que nadie sepa de ellas, ¿o sí? — y si el más importante de los canales de difusión científica y cultural de la Universidad Autónoma de Aguascalientes era justamente Radio Universidad y ésta cambia todo su contenido para dar paso a una radio-sinfonola, ¿qué pasó ahí?, ¿cambió el objetivo de la universidad? Me encanta la música, pero la cultura es mucho más que música.

“La ciencia que no se ve, no existe”, reza un banner en el sitio de la Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe, España y Portugal. La ciencia y la cultura que no se ven, que no se oyen, que no se leen… tampoco existen, aunque hayan sido creadas para el progreso de la comunidad.

Como sea, no es momento de doblar las manitas y cerrar la boca, no es momento de quedarnos sin cultura, no tenemos por qué ser simples robots que producen sin sentido. Algo tenemos que hacer.

Bibliografía

De Regil Vélez, José Rafael (1997). Sin Dios y sin el hombre. Aproximación a la indiferencia religiosa. México: ITESO, UIA.

Pérez Gay, Rafael (1996, enero). La brújula de la historia. En Aprendamos, 34, 21-32.

Trejo Delarbre, Raúl (1996, enero). Prensa: el postrero lugar de la cultura. En Aprendamos, 34, 33-45.

Dorismilda Flores Márquez es licenciada en Comunicación Medios Masivos por la Universidad Autónoma de Aguascalientes; edita El Cafecito (casi siempre de madrugada) y trabaja en varias actividades a la vez.

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