El Cafecito

Santa tuvo la culpa, por Juan Carlos Dávila Camarillo

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Santa Claus está loco. La otra noche estaba en mi oficina terminando un trabajo, cuando escuché un ruido extraño. No es por cobardía, pero agarré una escoba y fui a ver quién era. Vi a un hombre alto, gordo y vestido de rojo, husmeando en el árbol de Navidad. Me acerqué y lo vi claramente, era Santa Claus dejando unos regalos que no eran para nadie de los que ahí trabajamos. Le dije que esos regalos estaban equivocados, me dijo que no, que la dirección era la correcta, le dije que de seguro las personas para la que eran esos regalos vivían en otra colonia o en otra calle, pero me dijo que no y, para comprobarlo, me enseñó su libreta de direcciones — por cierto, ya hace falta que alguien le regale una laptop o, por lo menos, una libreta nueva, porque la que tiene ya está bastante maltratada — y sí era la dirección. Le pregunté si no habría la posibilidad de un error, me contestó que no, que en todos los años que llevaba repartiendo regalos, nunca se había equivocado. Me enojé. Amablemente le pedí que se los llevara, pero no cabe duda que el “gordo” es terco e hizo como que no me escuchó y siguió depositando los regalos debajo del árbol de Navidad. Decidí dejar que terminara, al fin y al cabo, él era el que estaba en el error. Después de terminar de depositarlos, me dijo: “se los entregas, por favor”. “¡¿Qué?¡  ¿Qué le pasa?”,  pensé,  “es lo único que hace en todo el año y no lo hace bien”. Además, yo tengo mucho trabajo que terminar, ¿por qué me pide que yo los entregue?, ahí está mi vecino que es bien metiche, yo creo que él, con tal de enterarse qué les van a dar a los demás, con gusto los entregaría. O Rodolfo. Aunque, pensándolo bien, creo que no, porque el pobre ya tiene con aguantar las ocurrencias de Santa, como para andar remendando sus errores; además, creo que Santa le pega o, si no, ¿por qué siempre trae la nariz roja? En fin, no quise que me pasara la misma suerte que él y no proteste más. Lo que sí me molesto es que antes de irse, me dijo con una risa burlona: “jojojooooo, Feliz Navidad”. Juro que me dieron ganas de agarrar la escoba y aventársela. Pero me contuve. Qué más habría de esperarse de alguien que todavía sigue repartiendo juguetes en un trineo existiendo hoy Redpack o Estafeta. Decidí entregarlos. Me agaché y leí los nombres para quienes iban dirigidos. Sabía dónde vivían y me puse en marcha. Llegué a la casa. No toqué el timbre. Era muy noche, así que supuse que estarían dormidos. Abrí la puerta y entré cuidadosamente hasta llegar a la sala. Cuando estaba a punto de dejarlos e irme… se escuchó un ruido, me apresuré a depositarlos y salir corriendo, pero cuando me di cuenta, ya era demasiado tarde…

Ésa es la razón, hija, por la que me viste esa noche dejando los juguetes que Santa Claus trajo para ti. Todo porque Santa tuvo la culpa.

Juan Carlos Dávila Camarillo es Licenciado en Comunicación Medios Masivos por la Universidad Autónoma de Aguascalientes.

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