El Cafecito

La “amable culpa”, 1a. parte, por Enrique Puente Gallangos

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“Casa interior donde pueda refugiarse el sujeto y hacer posible la subjetivación  con la ley”.

La culpa tiene siempre un lado tratable y otro intratable, efectivamente, dado que el lado “tratable” de la culpa deja como marca en el sujeto la posibilidad de la legitimación del lazo social; entendí que había una falta para con la “amable culpa”, que podía ser desarrollada y que nos conduciría a la posibilidad de todo sujeto de crear un debate en su “foro interno” que podríamos llamar el asentimiento subjetivo de la culpa: pasaje del sujeto culpable al sujeto responsable. La presente idea interesa a un grupo interdisciplinario de juristas, penalistas, psicoanalistas y público en general, ya que, en tanto alguien pudo y/o puede deliberar con el Otro de la ley, puede deliberar consigo mismo y esto le permite declarar su falta (su culpa hecha discurso y testimonio del Otro) y recibir una sentencia jurídicamente fundamentada. Acerca del lado “amable de la culpa”, la relación de la culpa con la ley, con el amor y el inconsciente y la postura que puedan compartir juristas, penalistas y psicoanalistas, nos conduce a los siguientes planteamientos:  ¿cómo se anuda el sujeto a la ley?, ¿cómo vive con ella?, convivencia imprescindible aún para burlarla, ya que el exilio de la ley lo deja, no sólo fuera de ella, sino también sin casa interior donde refugiarse, es decir, lamentablemente desubjetivizado.

La culpa, la mácula, la falta, el pecado, la cobardía moral y sus sentimientos concomitantes: el remordimiento, la desdicha y la desventura, configuran ese costado presumbroso que el sujeto quisiera arrancar de sí, pues su peso le indica que el anhelado paraíso de ser para siempre feliz no es sino una simpática utopía. No se trata del opaco sentimiento que acosa al sujeto y (re) muerde su conciencia, se trata de darle el lugar que le corresponde en la subjetividad porque, más allá de los malestares que provoca, no es posible pensar en la estructura de la subjetividad sin esa categoría omnipresente que es la culpabilidad, a tal punto que pretender extirpar la culpa del sujeto resulta absolutamente imposible: ella implicaría devolver al sujeto “etcétera que dice, no hay salida para el amor, sólo entrada porque la condena del enamorado es sufrir el des-amor y seguir amando”. Es así porque la culpa es la resultante observable en la subjetividad  de que “con la Ley y el crimen comenzaba el hombre”, en tanto da como testimonio de uno de los problemas más cruciales de la humanidad: “la lógica de lo prohibido”, que se resume en la pregunta ¿qué es la prohibición?

La ley establece los parámetros de lo prohibido, sin embargo, la humanidad toda y la subjetividad que se aloja en ella, ha mantenido y mantiene una tentación siempre renovada a flanquear los bordes que demarcan lo prohibido. La inscripción de la ley delimita el contorno de lo prohibido y hace posible la conformación de la sociedad y de las formas de subjetividad. Hace posible sostener el lazo social en tanto regula ese lazo, pero como nada es gratuito, el don que otorga la ley deja como lastre una deuda y una tentación. Una deuda simbólica que es preciso pagar respetando la ley y de la cual el sujeto es responsable, pero también una tentación a trasponer los límites de lo prohibido, conformada como oscura culpa, oscuro goce. El costo que se paga por la atracción a condescender hacia lo interdicto demarcado por la ley es el de una humanidad culpable. Crímenes capitales, incesto, parricidio, y sus sucedáneos marcan un límite, dicen:  “¡Alto ahí! Ese límite no debe ser franqueado”. Sin embargo, aunque esto pacifica a los humanos, no deja de provocarles la inquietante fascinación por abismarse más allá de ese límite.

La cuestión de la culpa y lo prohibido concentran la atención en ambos lados, pero es preciso que se logre crear un espacio de operación conjunta. La culpa, entendida como la falta de la que el sujeto es de una u otra manera responsable, ubica al sujeto bajo la mirada y el juicio del Otro. La culpabilidad supone declararse: atestiguar una falta, un pecado y recibir el juicio condenatorio o absolutorio del Otro. En suma; ubicarse en el lugar del acusado, del reo (reus), que llamativamente deriva de “reor” que es contar: reo es el que cuenta y da cuenta de su acto a través de la palabra, y el que contabiliza sus faltas. ¿Acaso no somos todos bajo los seres hablantes reos, según esta acepción?

Para hacer esto más digerible e interesante para nuestros lectores (los otros, ustedes) diremos que “en la culpabilidad como en el amor el sujeto se declara”. ¡Oh! Sorpresa. Percatarnos de eso que está a la vista de todos, poder trazar un vínculo entre la declaración del reo y la declaración del enamorado que no deja de ser una alocución, un llamado, una petición al amado, y no sólo una petición de amor, sino que también una petición de un juicio, un llamado al Otro de la ley.

En la culpabilidad y en el amor, paradójicamente, no estamos dispuestos a desprendernos tan fácilmente del lado amoroso de la culpa como de su costado angustiante, pese a los padecimientos que ocasiona; y como no es posible separar la amalgama que funde culpabilidad y amor sin destruir al uno y al otro, ahí el sujeto esta  está dispuesto a tolerarse culpable y deudor a pesar de los esfuerzos que hace por discurrir en la vida con una “buena conciencia” o “con una conciencia limpia”, como se pretende inútilmente ser y que sea.

El amor es una necesidad de ser amado por aquel que podría tomarnos como culpable, y es que el amado (erómenos) ejerce una censura activa y ante él nos declaramos para “caerle bien”; sin embargo, el tropiezo es inevitable, no logramos borrar nuestras faltas, no logramos ser la perfección total que nos asegure para siempre la mirada amorosa del otro; resurgirá siempre una sombra, una falla, un pero, un detalle, una hilacha. Y no puede ser de otra forma porque el amor no es sino el naufragio de nuestra egolatría, pero es también la nostalgiosa esperanza de recobrarlo gracias al sostén amoroso del amado que, en este caso, se convierte en juez y censor del amor. Ante ese juez nos declaramos, ante ese juez pedimos permiso para amar y pedimos ser amados a pesar de nuestras culpas, defectos y pecados. Y dado que verdaderamente amar no es un pecado, se da la aporía de que tampoco es posible amar sin pecado.

En resumidas cuentas, en la vida amorosa se discurre irremediablemente pecando del defecto de no ser “el todo perfecto” y complementario para el amado. Todo esto no es ilógico, responde a la “lógica de los deslices de la vida amorosa”, y es que el amor transita por el enigma de ofrecer al otro lo que “no se tiene” y de pedirle precisamente lo que tampoco tiene. El amor ofrece entonces la falta del amante (erastés), porque dar lo que no se tiene es fácil, dar lo que no se tiene invita a la creación, al arte de amar a pesar de las fallas o haciendo de las fallas mismas el motor del amor.  En el mito, el Amor es el hijo de la Penía – la pobreza – y Poros – el recurso –; empobrecido por madre e ingenioso por padre, el amor es una sagaz aporía recurrente que no ofrece sino faltas (culpas) y en el punto de máximo recurso y creación ofrece palabras, declaraciones; y versa y conjetura para hacer amar ofreciendo faltas y culpas. Al amado, al paternarie, se le erige como juez y a él se le dirige la declaración que pregunta, escruta e indaga: “a pesar de mis faltas, ¿puedes amarme? Aun a pesar de mis hilachas, ¿puedo serte imprescindible?”  Y la pregunta queda frotando del otro lado, del lado del censor del amor allí el juego de las intrigas del amor. Pero es que en la cuestión del amor, como en la de la culpa, se pone en juego el sistema de prohibiciones. El amor gira entorno a lo prohibido, el amante es también un reo del amor el que cuenta y da cuenta de su acto de amor a través de las palabras.

Este trabajo continuara en la próxima edición del cafecito donde buscaremos trazar la relación entre culpa, amor e inconsciente, intentando dar una conclusión o conclusiones interesantes para los lectores del cafecito.

Enrique Puente Gallangos es Maestro en Derecho Constitucional y estudia la Maestría en Psicoanálisis, es además catedrático de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca y de la Universidad Regional del Sureste.

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