El Cafecito

El padre y la familia reinventada, por Enrique Puente Gallangos

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No soy yo quien te engendra: son los muertos.

Son mi padre, su padre y sus mayores:

son los que un largo dédalo de amores

trazaron desde Adán y los desiertos

de Caín y de Abel, en una aurora

tan antigua que ya es mitología

y llegan, sangre y médula, a este día

el porvenir, en que te engendro ahora.

Siento su multitud. Somos nosotros,

y, entre nosotros, tú y los venideros

hijos que has de engendrar. Los postrimeros

y los del rojo Adán. Soy esos otros,

también. La eternidad está en las cosas

del tiempo, que son formas presurosas.

Al hijo. Jorge Luis Borges.

Si bien la constitución subjetiva se produce a partir de operaciones lógicas, éstas se enlazan con la trama que la cultura produce. Nuestra constitución no queda por fuera de las prácticas sociales y de los discursos de nuestra época. Es común escuchar que en la actualidad existen formas de presentación clínicas acordes con la posmodernidad: la violencia, el cuerpo cadavérico de las anorexias, las bulimias, los ataques de pánico; efectos donde la imagen, lo instantáneo, el aislamiento, lo universal, han borrado el valor de la palabra, las diferencias, las identidades. Se busca un cuerpo perfecto, light. Existe un interés en la acumulación excesiva de objetos. Todo se da a ver, lo visual es lo preponderante. La vejez es un hecho contingente; la buena imagen, lo actual, la juventud, pueden prolongarse con mediaciones, cirugías y clonaciones.

¿Qué lugar quedo reservado en la familia para el padre? ¿Ha cambiado su función en el nuevo siglo? ¿Cómo es la representación actual de la paternidad en la familia? El padre como trabajador, sostén de la familia, el padre proveedor, parece desvanecerse en el mundo posmoderno. Hace tiempo se observa una declinación de la paternidad en lo social. Plantea Jacques Lacan: “la declinación de la imagen paterna está condicionada por el retorno a los individuos de efectos extremos del progreso social, declinación que se observa principalmente en la actualidad en las colectividades más alteradas por estos efectos: concentración económica, catástrofes políticas”.  ¿Qué ha quedado del Pater Familias romano?  Para ellos, la paternidad no dependía de un hecho biológico, era también una cualidad exigida por la ley de los candidatos públicos para acceder a cargos políticos, ser padres de familia.  El señor feudal perdió tierras, poderío económico y atribuciones sociales a partir de la Revolución Industrial.  Philipe Julien plantea que “el discurso social sostiene cada vez menos ser-padre. La creciente intervención del Estado y el papel irremplazable asignado a la madre en lo concerniente al hijo, perfila un deterioro social de la paternidad.  Podemos decir que la caída de los universos ideológicos centrifuga ideales que daban soporte y consistencia a ese significante ser-padre”. Si bien sabemos que no será posible estar a la altura de la función paterna, siempre una falta entre la función y quien la ejerce (que no es una función propia del hombre, sino también de la mujer), podremos delimitar los modos particulares que según la época, adopta lo fallido de la función.

Avances genéticos del nuevo siglo, donde el hijo puede concebirse sin paternarie, sin un hombre. Un hijo no es efecto de una historia de amor, ya sea feliz o desdichada, es hijo como efecto de un avance técnico. Bancos de células genésicas anónimas, sin historia.  ¿Qué lugar para el niño en el linaje?  ¿Qué emblemas transmitirá si se puede prescindir del hombre en cuestión?  ¿A quién nombrar, a quién señalar como padre ausente y presente?

Intentar decir algo sobre la paternidad nos lleva a donde las situaciones reales a las que nos enfrentamos, en el lenguaje, en lo jurídico, en lo social, nos dejan con un sin fin de preguntas, cuando no de impotencia.  Ahora, una vez identificado este padre-función no biológica, diría yo, sino simbólica, analizaremos algunos de los efectos de esta función paterna en declive que están presentando una reacción en la familia.

En los últimos decenios, la familia occidental, regularmente acusada en el siglo XX de ser una institución represiva para sus miembros y destinada a desaparecer, ha sabido adaptarse para responder a los efectos señalados anteriormente.  En los años setentas, se pudo creer que había llegado el final de la familia; en efecto, los jóvenes empezaron, los adultos se divorciaron cada vez más, los hombres tuvieron que compartir con las mujeres el trabajo remunerado y la autoridad en la familia, los indicadores demográficos se alteraron, el desorden se había infiltrado en la institución, más de la mitad de los primogénitos nacen fuera del matrimonio, el matrimonio ya no es único marco para la vida en pareja ni para la educación de los niños, la división del trabajo entre los sexos es innegable.

Hoy en día, teniendo en cuenta la cantidad de separaciones y divorcios, debidos a que el amor prima sobre la institución, las parejas son más frágiles; las familias y la función del padre esta cambiando, familias recompuestas, las familias monoparentales, las familias en las que la pareja vive en concubinato coexisten ahora con las familias del primer matrimonio.  Estos cambios demuestran o se traducen en la importancia que ha cobrado la declinación de la imagen paterna (vuelvo a decir, como función) que se desliza hacia un mayor desarrollo individual de los miembros de la familia para cubrir la falta.  El objetivo de la familia no es tanto producir seres obedientes, sometidos a la jerarquía familiar y social, como crear un ambiente en el cual los chicos y grandes se sientan reconocidos como “personas” originales. Así pues, se ha convertido la familia en un espacio de referencia para la construcción de la identidad íntima. Ha nacido una nueva familia y la función paterna se precipita velozmente. En definitiva, para vivir y reproducirse y reconstituirse, los hombres y las mujeres organizan su vida privada según las modalidades diversificadas que ofrece el nuevo siglo. Nadie duda que la familia seguirá transformándose, en la filiación, relaciones conyugales, trabajo doméstico y, por supuesto, en la función paterna.

Enrique Puente Gallangos es Maestro en Derecho Constitucional, catedrático de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca y de la Universidad Regional del Sureste.

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