El Cafecito

Por qué nos sometemos a la ley, por Enrique Puente Gallangos

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La presencia del psicoanálisis en el estudio del Derecho, supone un entrecruzamiento discursivo; entrecruzamiento que podrá sostenerse en los puntos de intersección: la Ley será uno posible. No se trata de una “psicoanalización” de la Ley o el Derecho, tampoco se trata de “legislar” el Psicoanálisis. Buscaremos puntos de intersección; la lengua que compartimos será uno de ellos. El psicoanálisis es, indudablemente, heredero de la razón moderna. Sin embargo, su práctica clínica y su teoría muestran los límites del ejercicio de la razón. El descubrimiento del inconsciente viene a señalar este límite y la imposibilidad de un sistema de pensamiento que pueda consumirse como formalización que lo incluya todo.

¿Cómo es este entrecruzamiento discursivo?  ¿Derecho y psicoanálisis?  ¿Ley y deseo?  Para poder despejar esta incógnita, pondremos como ejemplo lo siguiente: tomando como paradoja la que nos presenta San Pablo en el Nuevo Testamento, en la Epístola a los Romanos, a fin de articular la pregunta que abrimos con relación a la dimensión lógica temporal entre ley y deseo, “la ley sirvió para despertar en nuestro cuerpo los malos deseos, y eso nos llevó a la muerte”. Y precisa, “de no ser por la ley, yo no hubiera sabido lo que es codiciar, si la ley no hubiera dicho ‘no codicies’. Pero el pecado se aprovechó de esto y valiéndose del propio mal entendido despertó en mí toda clase de malos deseos. Pues mientras no hay ley, el pecado es cosa muerta”. Es cierto que San Pablo lo enuncia en términos de saber y despertar, pero no es menos cierto que la cita es categórica cuando nos dice que el pecado era cosa muerta mientras no hubiera ley. Es por la ley que él conoce al pecado. No dice que hubiera pecado y que después hubo ley para sancionarlo. Por el contrario, piensa el pecado como efecto de la ley que lo sanciona: “no codicies” es la posibilidad de la codicia. A diferencia de lo que se pondría en primera instancia, no es porque haya trasgresiones que hay leyes, sino que hay trasgresiones porque hay leyes.

La ley de la que hablamos aquí no es una ley que uno pudiera sacar o cambiar. Es la ley misma, la ley jurídica y la ley del lenguaje. No debe interpretarse esta relación entre ley y deseo bajo la forma contingente de pensar, que si sacáramos las leyes, no habría más deseos o transgresiones; de ninguna manera, pues legislar sacar la ley — una ley formulada bajo la forma “no hay más leyes” —, tiene la misma estructura que cualquier otra ley.

Para modificar o derogar una ley se requiere promulgar otra. Una vez establecido el campo de la ley, los efectos de la misma son irreversibles e inevitables. San Pablo dice también que el pecado no se toma en cuenta cuando no hay ley; la ley hace saber que somos pecadores y de la condición de posibilidad de tal. En lo cotidiano los actos adquieren  carácter delictivo o no, de acuerdo a las leyes en vigencia al momento de cometerse el acto. Apuntemos aquí, a efectos de ejemplificar la Epístola, a lo contingente de la ley, que aquello que se juzga, haya tenido el carácter delictivo en el momento de haber sido cometido. Procesos por delitos supuestos, fracasan por no estar tipificados como tales en el Código Penal en el momento de haber sido cometidos. Y recíprocamente; si se cometiera un delito y aquella conducta delictiva perdiera dicho carácter al tiempo del juzgamiento, la modificación no debería implicar una modificación de la condena; se trata del cumplimiento de la ley, no de la interpretación personal, o de la decisión individual sobre que debe entenderse por delito. Pero la idea de san Pablo es aún más audaz, no sólo el sujeto se sabría pecador por la ley, sino que la ley misma lo haría pecador (deseante); la idea del pecado se origina en la ley. De la epístola de San Pablo podría concluirse que la ley es la que empuja a la trasgresión, en el sentido de concebirla como idea posible. Si tomamos como referencia el horror al incesto, habría que decir que es la ley la que da el carácter de horroroso y no el deseo de cometerlo. Por más paradójico que resulte que un sujeto desee cometer un acto incestuoso — y eventualmente lo comete — nos da la pauta de su sometimiento al orden legal. Es por desear la trasgresión que se verifica el sometimiento al orden legal. Entre los animales no podría hablarse de incesto, porque no existe tal prohibición, no sería un acto incestuoso aún en el caso que lo hubiera; dicho de otra manera, los hay — la vida sexual de los animales no tiene trabas en la filiación biológica — pero no tienen dicho carácter, pues no están sancionados como tales. Aquí se hace necesario diferenciar deseo de tendencia.  Sólo es pensable un deseo en cuanto una ley lo sanciona y eventualmente lo prohíbe. Primero, la ley. Sin la ley, no hay deseo, sólo habría tendencia. El incesto supone ya un campo de nominación: la madre es un nombre particularizado de un sujeto de la especie; el incesto particulariza al objeto, lo cual sólo es concebible dentro de las categorías del lenguaje. Si el mundo animal es un mundo de semejantes, el mundo humano es un mundo de diferentes. Si la ley funda la trasgresión y está en el campo del deseo, el deseo lógicamente viene a estar determinado por la ley que sanciona su trasgresión.

Esto es estrictamente lo que nos decía San Pablo en la Epístola y se relaciona con la pregunta  que se formulaban algunos filósofos del siglo XIX, con relación a la condición de la posibilidad del pecado. Si el hombre había sido hecho a “imagen y semejanza de Dios”, cómo era concebible que el pecado habitase como posibilidad en el hombre. Puede resultar de particular interés que la Virgen María  haya sido “sin pecado concebida”. Esta frase, leída a la letra, implica que estaba imposibilitada para pecar, que su condición de “no pecadora” no refiere a sus conductas particulares; cualesquiera hubieran sido sus conductas, no sería pecaminosa, puesto que el pecado — según la frase — no habita en la Virgen María desde la concepción misma. En este sentido, de acuerdo a esta lectura, se le podría pensar como un “fuera de la ley”.

Quiero comentar que el discurso psicoanalítico, como lo he señalado en este artículo, viene a señalar límites del ejercicio de la razón que impiden un sistema de pensamiento que pueda concluirse como un discurso formalizado que lo incluya todo; es por ello que planteo la siguiente proposición que probablemente nos acerque a una pretenciosa síntesis que intente aclararnos por qué nos sometemos a la ley. Para esto proponemos que la ley puede definirse como un sistema que sanciona por la negativa aquello que es trasgresión (pecado), por cuyo cumplimiento ofrece la promesa de vivir dentro de los límites en los cuales tiene validez y por cuyo incumplimiento sanciona con el castigo de la exclusión. Es el miedo a ser castigado por el incumplimiento o trasgresión de la ley, lo que permite al mismo tiempo someternos a ella. La  gravedad del incumplimiento queda sancionada por la gravedad del castigo. Insistiremos aquí que tanto el “acto pecaminoso” como el “castigo”, son categorías de lenguaje que llegan a nosotros por el otro (madre, padre, familia, Estado, cultura, etc.).

Enrique Puente Gallangos es Maestro en Derecho Constitucional, catedrático de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca y de la Universidad Regional del Sureste.

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