El Cafecito

Política, gobierno, elecciones y la corresponsabilidad política entre gobernantes y ciudadanos, por Marco Iván Vargas Cuéllar

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He aquí un motivo de error en la política: no pensar más que en sí y en el presente.

La Bruyère

En un país como México, donde los valores de la cultura democrática forman parte del nuevo arsenal del ciudadano promedio para enfrentar los mensajes propagandísticos de las campañas electorales, frecuentemente ocurren hechos que alejan al elector del proyecto político por el que ha votado, por el que paga sus impuestos y por el que respeta el marco de derechos y restricciones para convivir en paz.

La reforma político-electoral que se vislumbraba desde la LOPPE (1976-1977) hasta ya entrados los días del Doctor Zedillo, se aseguró de que un gran número de ciudadanos en su calidad de electores, tuvieran la capacidad de seleccionar a las élites que los gobiernan de una manera más o menos justa y relativamente confiable. Así, la democracia se fue asumiendo como este proceso en el que casi todos tienen la capacidad de expresarse e influir en los destinos nacionales, por medio de una papeleta cuya ponderación corresponde más o menos al 0.0000017027% de la decisión nacional.

De esta manera, mujeres y hombres, cualquiera que sea el color, condición económica o intelectual, tenemos el mismo derecho y la misma importancia al levantar la mano, tomar el crayón y votar por quien nos plazca. Desafortunadamente, ésta, la democracia procedimental, se ha quedado en el umbral de la selección y sustitución de élites y poco ha avanzado hacia la transformación de la cultura del gobernante y su responsabilidad para con los gobernados.

Si en la gerencia pública ya habla de accountability como la capacidad que los gobernantes tienen de rendir cuentas a la ciudadanía, en México este espíritu se envuelve de retórica y vaticinios de la clase política; concretamente del gobernante en funciones, del representante político o del funcionario de alto nivel.

Pensemos por ejemplo en un par de fórmulas favoritas de la campaña electoral:

Plebiscito y Referéndum. Reflexione el lector sobre la cantidad de ocasiones en que ha escuchado este par de palabras en la voz de un candidato o político en funciones, luego compare usted la legislación de los Estados (entidades federativas) que contemplan estas formas de participación popular y, finalmente, trate de recordar en cuántos plebiscitos y referéndum ha participado durante la ultima semana, mes, año o sexenio. Si usted conserva en su cabeza un dígito mayor que uno, entonces ha vivido engañado, ya que ese derecho del que se siente partícipe, no sirve para nada. La clase política sigue ahí, la iniciativa no surgió de la conciencia colectiva y, seguramente, alguien movilizó a los habitantes dos cuadras de Ciudad Neza para igualar la cantidad de votos de 3 estados del centro del país.

Que los ciudadanos tengan la capacidad de remover a los gobernantes que no sirven. De no ser por la obligación constitucional que nos garantiza que algún día llegará el final del ejercicio de un gobernante, nada ha podido sacarnos de la mente, de la curul o de la oficina en Palacio a esos vendepatrias que dan tanto de comer los periodistas y llenan registros a nuestros catálogos de incertidumbre civil. Intente el lector recordar si alguna vez ha visto cómo fueron inmolados en alguna plaza pública los siguientes personajes: Sergio Estrada Cajigal, José Murat, Víctor Cervera Pacheco, Mario Ernesto Villanueva Madrid, Fernando Canales Clariond, Rosario Robles Berlanga, Carlos Romero Deschamps, Ricardo Aldana, Félix Salgado Macedonio, entre otros más.

Como bien ha señalado Rosario Green, en Estados Unidos el apoyo popular hacia los gobernantes y representantes se ha desplomado desde hace unos seis meses por causa del crecimiento de una brecha entre las aspiraciones de los ciudadanos y las decisiones políticas. Los electores se han dejado de sentir representados y frecuentemente se manifiestan en desacuerdo con algunas decisiones del poder público legalmente electo. Tal como pasa en México, el espectro de la opinión pública (que en sí es altamente vulnerable a la manipulación mediática) presenta poca correlación con respecto a los aforismos que pronuncian quienes detentan el monopolio de la conciencia popular.

De ello, considero, nos quedan dos opciones que no son mutuamente excluyentes: la indignación y la congruencia. Para la primera se necesita información y un dejo de nociones de civilidad; para la segunda es necesario extender esta posibilidad en las acciones, opiniones y decisiones cotidianas. Las leyes del mercado son impecables, si un producto se deja de consumir, desaparece. Esto no significa un estéril y generalmente inútil llamado a la resistencia civil, sino más bien un recordatorio de la libertad de elección (capacidad de discriminación) que los ciudadanos tenemos para con los políticos carentes de calidad o para quienes hacen de la política un acto de barbarie y cinismo. Algunos “periodistas” y medios de comunicación también se instalan en esta categoría.

La congruencia del ciudadano se refleja tanto en la calidad de sus exigencias en cuanto a cliente o consumidor de la política, como en su margen de tolerancia de los atropellos a la razón que son ofrecidos por candidatos, funcionarios y medios de comunicación. De nuevo, si algo existe, es porque nosotros lo hemos querido así. De esta manera, el ciudadano en cuanto a su capacidad de contribuyente, elector y futuro dependiente del estado, puede sentirse con el derecho y la obligación de rechazar todas aquellas propuestas, acciones u omisiones de éstas en el mensaje político y en el ejercicio del gobierno.

Las bondades de esta corresponsabilidad política entre gobernante y ciudadano, que igual puede interpolarse a los binomios elector-candidato o cliente-gerente público, son muchas y oscilan desde el ridículo del funcionario hasta la remoción del puesto, la viabilidad de estas probabilidades siempre dependen de la decisión del gobernado.

Marco Iván Vargas Cuéllar es politólogo y candidato a Maestro en Administración y Políticas Públicas, actualmente es consultor sobre gestión, políticas y asuntos electorales.

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