El Cafecito

Barbarismo político y tecnocrático, por Marco Iván Vargas Cuéllar

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La constante divergencia entre los compromisos y las realizaciones políticas ha generado un déficit de credibilidad en los liderazgos democráticos de América Latina durante las últimas dos décadas. Las transiciones o revoluciones hacia la democracia procedimental o electoral han generado nuevos espacios y configuraciones institucionales que, de alguna manera, propician la aparición de liderazgos y jerarquías caracterizadas por el dogmatismo, la improvisación, el privilegio de los intereses electorales sobre los ciudadanos y en algunos escenarios, la incompetencia.

El estilo de gobierno dominante deja poco espacio a la previsión, gestando respuestas inmediatistas a los problemas ya acumulados que amenazan la estabilidad de la relación de fuerzas dominantes e, incluso, la permanencia del sistema democrático mismo. La función de apaga-incendios anula la capacidad de concentrarse en el cumplimiento de las promesas políticas, por lo que la baja capacidad de gobierno pasa a primer plano; mientras la habilidad crítica gestada en la oposición ya no tiene espacio práctico.

La población latinoamericana tiene cada vez menos confianza en la capacidad de los partidos políticos y los gobiernos que de ellos nacen para solucionar o, al menos, administrar los problemas públicos. Observa –ya sin asombro- que los programas electorales no constituyen un compromiso o una palabra que se avala con el cumplimiento, constata que los planes de gobierno y desarrollo se apartan de las promesas electorales y que la acción práctica de gobierno se distancia, a su vez, de los planes. Hoy es muy común escuchar que los partidos políticos son las instituciones más eficaces en el desarrollo de metodologías, técnicas y mecanismos para ganar elecciones, pero incapaces de gobernar con eficacia.

Los bárbaros políticos y tecnocráticos se encuentran instalados en esta categoría de gobierno; la burocracia, la política económica y el aparato represor del gobierno son los instrumentos con los que éstos operan para garantizar la permanencia del statu quo. En el estudio del poder en general y de la dominación en particular, Max Weber define a la burocracia como “un estado de cosas por el cual una voluntad manifiesta (mandato) del dominador o de los dominadores influye sobre los actos de otros (del dominado o de los dominados), de tal suerte que en un grado socialmente relevante estos actos tienen lugar como si los dominados hubieran adoptado por sí mismos y como máxima de su obrar el contenido del mandato (obediencia)” (Weber, 1992, 699). La subsistencia de esta dominación se manifiesta de manera expresa mediante la autojustificación que apela a los principios de la legitimidad.

Entendemos a la burocracia entonces, como el aparato administrativo del tipo de dominación legal cuyos efectos se resumen en la concentración de los medios de administración en manos de los que detentan el poder; en la tendencia de la nivelación de las diferencias sociales producto del ejercicio del poder de la autoridad por medio de reglas abstractas, supuestamente iguales para todos y libres de criterios personalistas en el reclutamiento de funcionarios; y en el conflicto potencial inherente que un sistema de dominio legal-burocrático provoca en una democracia de masas.

El ideal Weberiano se encuentra empantanado entre las prácticas inmediatistas de los bárbaros y la cultura política del castigo de la población. Después de un período de tiempo, la ciudadanía castiga a los gobiernos, les resta su adhesión y en última instancia, otorga su voto a la oposición. Pero ese castigo no renueva las prácticas del gobierno, los dirigentes políticos y sus asistentes no aprenden de la historia reciente e insisten en los mismos errores. Los dirigentes no saben que no saben gobernar. En este sentido, “el voto-castigo en las elecciones presidenciales es una evaluación reactiva que no produce mayor eficacia y, en cambio, genera a la larga desaliento y desconfianza” (Matus, 1998, 161).

Tecnopolítica y capacidad de gobierno

Los líderes políticos se hacen en la práctica según las exigencias de la lucha política, sin embargo el estrato tecnocrático de una sociedad se forma en las escuelas y, a la larga, esas escuelas elevan las exigencias de calidad de la lucha política con el consiguiente efecto sobre la misma formación de los líderes en la práctica cotidiana. El dominio de la tecnopolítica es una característica excepcional del estadista.

La función tecnopolítica se distingue de otras a nivel gerencial en que no da por establecidos los objetivos sino que los crea o ayuda a decidirlos. No administra las estrategias decididas por otros sino que es creadora de estrategias. El estudioso de la tecnopolítica debe ser un verdadero científico social volcado hacia la acción, capaz de comprender que la acción no espera el desarrollo de las teorías y alerta para comprender que el tecnócrata, con raras excepciones, tiende a razonar unidimensionalmente apoyado en un solo recurso escaso y un solo criterio de eficiencia. También debe estar preparado para realizar la planificación política, para lo cual debe evitar las desviaciones del analista político común e improvisado, centrado exclusivamente en la historia, las encuestas sobre el presente, el mercado electoral y las ideologías.

Conclusión

El estudio de la conformación del sistema político que involucra instituciones, grupos (clases o elites) y procesos políticos, arroja reflexiones interesantes en la manera en que los actores sociales influyen en la conformación de liderazgos que posteriormente, son responsables de la conducción del Estado. Ante la realidad política latinoamericana caracterizada por la inserción de los bárbaros políticos y tecnocráticos formados en la palestra política y en la doctrina económica neoliberal, la función tecnopolítica aparece como una opción formadora de capacidad de gobierno cuyo objetivo primordial es la calidad de gestión del gobierno con alto compromiso social. El tecnopolítico no diverge de los intereses de conservación del poder, enfatiza más bien sobre el enfoque de la construcción de gobiernos eficaces con alta gobernabilidad y legitimidad sobre la población. La formación tecnopolítica comienza desde las escuelas y universidades hasta convertirse en una práctica superior del nuevo político.

Bibliografía

Matus, Carlos. (1998). Adiós Sr. Presidente. Editorial LOM. Caracas, Venezuela.

Weber, Max. (1992) Economía y Sociedad. FCE. México. D.F.

Marco Iván Vargas Cuéllar es Politólogo y candidato a Maestro en Administración y Políticas Públicas, actualmente es consultor sobre gestión, políticas y asuntos electorales.

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