El Cafecito

Lo primero que la bebé hizo mal, de Donald Barthelme, traducido por José Luis Justes Amador

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Lo primero que la bebé hizo mal fue arrancar páginas de sus libros. Por eso pusimos una regla: que cada vez que rompiera una página tenía que quedarse sola en su cuarto cuatro horas seguidas con la puerta cerrada con llave. Al principio rompía una página al día y la regla funcionaba bien aunque los gritos y el llanto que salían de detrás de la puerta nos destrozaban los nervios. Razonamos que ese era el precio que había que pagar. O parte del precio. Pero conforme mejoraba su habilidad manual empezó a romper dos páginas al día lo que significaba ocho horas sola en su habitación a puerta cerrada. Lo que representaba el doble de problemas para todos. Pero aún así no dejaba de hacerlo. Y después, conforme pasaba el tiempo, había días en que rompía tres o cuatro páginas lo que la llevaba a su habitación hasta dieciséis horas de una vez, interfiriendo con su rutina alimenticia y preocupando a mi esposa. Pero yo sentía que si se ha puesto una regla hay que apegarse a ella, ser consistente. Si no, no se logra el efecto deseado. Tenía catorce o quince meses por aquellos días. Con frecuencia, por supuesto, se quedaba dormida tras una hora de llanto y era un alivio. Su habitación estaba bastante bien. Tenía un maravilloso caballo-balancín de madera y casi cien muñecas y peluches. Había miles de cosas que hacer en esa habitación si se hacía buen uso del tiempo. Había rompecabezas y cosas así. A veces, por desgracia, descubríamos, al abrir la puerta que había roto más páginas de más libros mientras estaba dentro y que, para ser justos, había que añadir esas páginas al total.

La bebé se llamaba Nacida Bailando. Le dimos a la bebé de nuestro vino, del tinto, del blanco, del azul y le hablamos con sinceridad. Pero no funcionó.

Debo decir que era realmente inteligente. Te acercabas hasta donde estaba jugando en el suelo, en una de esas raras ocasiones en que estaba fuera de su habitación, y había un libro abierto junto a ella y lo inspeccionabas y parecía que estaba perfecto. Pero si te fijabas más, descubrías que una de las páginas tenía una esquina rota, algo que podría pasar por el desgaste típico. Pero yo sabía lo que había hecho. Ella había roto esa esquina y se la había tragado. Tenía que contar y así lo hacía. Era capaz de llegar a cualquier extremo con tal de engañarme. Mi mujer dijo que tal vez estábamos siendo demasiado rígidos y que la bebé estaba empezando a perder peso. Pero yo le replicaba que la bebé aún tenía mucha vida por delante y que tenía que convivir en el mundo con los otros, que tenía que vivir en un mundo donde había muchas, muchas, muchas reglas, que si no aprendes a jugar con las reglas estás condenado a no tener personalidad en el mundo, marginado por los demás, en el ostracismo. Lo máximo que llegamos a tenerla encerrada en la habitación fue de ochenta y ocho horas y terminó cuando mi esposa abrió la puerta forzándola con una palanca aunque la bebé aún nos debía doce horas porque había roto veinticinco páginas. Volví a colocar la puerta en su marco y le añadí un candado enorme, de esos que sólo se abre con una tarjeta magnética y me guardé la tarjeta.

Pero las cosas no mejoraron. La bebé salía de su habitación como un murciélago que saliera del infierno y corría hasta el libro más cercano, Buenas noches, Luna o algo parecido, y comenzaba a arrancar páginas a lo loco. Quiero decir, había treinta y cuatro páginas de Buenas noches, Luna en el suelo en diez segundos. Y la portada y la contraportada. Cuando sumamos todas sus deudas, en horas, vimos que no iba a  salir de su habitación hasta 1992, si acaso. Y estaba empezando a estar bastante delgada y pálida. No había salido al parque en semanas. Teníamos lo más parecido a una crisis ética en nuestras manos.

La resolví declarando que estaba bien eso de arrancar las páginas de los libros y que, más aún, había estado bien lo de arrancar páginas en el pasado. Eso es algo de lo más maravilloso de ser padre. Que tienes un montón de oportunidades para tomar decisiones, cada una tan importante como el oro. La bebé y yo nos sentamos felices en el suelo, uno al lado del otro, arrancamos páginas de los libros y, a veces, sólo para divertirnos, salimos a la calle y juntos destrozamos un parabrisas.

José Luis Justes Amador es escritor y traductor.

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